Puede
que este domingo sea feliz, muy feliz. O que la nostalgia te embargue, los
recuerdos nublen la vista, y sea difícil dejar pasar las horas. Pero la
felicidad no tiene límites cuando se es padre, o se disfruta o disfrutó de uno a cada instante, en el
vericueto inimaginable de la vida.
Aún
en el recuerdo, es esa estrella que enseña por dónde ir, dónde puede estar lo
bueno y lo malo, incluso, en los instantes más amargos, para luego recomenzar. Porque
esa es la vida, no lo dudes. Un comenzar, caerse, levantarse, y volver una y
otra vez.
Es
el padres la constancia del amor, la mano firme que ayuda en los primeros pasos
por el mundo, el dueño de los gestos desaprobatorios u origen de los más
fuertes regaños, y a la vez, ese volcán de sentimientos capaz de desbordarse y
hacer de una piedra en bruto, un diamante.
De
joven, quizás te sientas incapaz por inexperiencia. Pero nadie nace sabiendo. Lentamente
subirás esa cuesta de la existencia humana, hasta que ser el padre que felicita
al padre, porque llegan los nietos. Y los hijos de los hijos te ocupen el
tiempo, pidan y exijan preferencias, limiten derechos y gustos, hagan y
deshagan a su antojo.
¡Cuánta
felicidad, entonces, en ver al hijo realizado en sus propios hijos,
acompañarlos al crecer, aunque mengüen fuerzas, y ni ellos mismos se den cuenta
cuando quieren demostrar ímpetus, jugar, correr, y uno ni siquiera pueda
intentarlo! Y ellos sientan un nudo en la garganta porque comienzan a forjar su
propia familia.
Eso
somos los padres. Parte del tronco sabio que sabe florecer y luego deja una
estela en el firmamento…

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